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Domingo, 31 de Outubro, 2010

Este sábado dinlle a benvida ao primeiro arrefriado da tempada. Foi máis potente do que agardaba e descubrín, sorprendido, que se seguira fumando (non, non penso recaer, aclaro) igual me doería menos o peito cada vez que tusía (cando fumas tes a traquea irritada permanentemente e notas menos algunhas toses). Pero, aínda que o termómetro marcaba 37,7 graos e alguén puxera unha inmensa rocha na miña sen, acabei por facer a crónica da fin de semana. E estaba tan febril que rematei por escribir medio folio máis do que entraba (25 liñas de composición, uns 990 caracteres), mesmo ben fiado, e mesmo adiantei o artigo do martes. Xa non sei se foi unha febre creadora ou unha creación febril. E cando rematei o mercurio só subira unha décima. Así que aquí vai, completo, o que escribín. O que se publicou, recortadas as vintatantas liñas, está onde cada domingo.

(Si, e xa sei que isto de publicar o material en bruto ou inédito igual é un pouco pretencioso, e máis se aínda non gañei o Nobel ou o Grammy, pero, que queren?, ás veces sorpréndome co comportamento da miña mente).

NO SIEMPRE es fácil acertar con lo que interesa a los lectores: te trabajas bien una noticia, le das un gran despliegue y, al volcarla en internet (el sistema más moderno para contrastar su impacto), descubres que no la lee nadie. Por ejemplo, está claro que este fin de semana la mayor preocupación de los lectores es el tiempo y ver si es posible ir a los cementerios sin salir empapados hasta los huesos. Todos los Santos y el Día de Difuntos, igual que todas esas celebraciones ‘monográficas’ (día del padre, de la madre, de la mujer trabajadora, de la violencia de género…), tienen un poco de hipocresía y de obligarnos a quedar bien por narices: si mañana no fuera festivo, es probable que muchos hijos se olvidaran, sin remordimiento alguno, de la cita anual con la tumba de sus padres.

Dado que vivimos y, por tanto, morimos, los cementerios dan mucho juego, tanto en el lenguaje (“cementerio de elefantes”) como en otros ámbitos extraños y, por supuesto, en el campo social. No me refiero a eso de tener la tumba más ostentosa del lugar (algo que nunca he entendido), sino a esas convulsiones que se viven en algunas parroquias cuando les tocan alguna piedra de su necrópolis particular. Es, por ejemplo, lo que está ocurriendo estas semanas en Labio, en la zona rural de Lugo. Y no digo nada sobre cementerios privados (promovidos por comunidades de montes, por ejemplo), porque ahora mismo no recuerdo ninguno en la provincia, pero los antecedentes de fuera de Lugo revelan que también ahí hay tela que cortar.

Y ahora que (parece que) hemos liquidado la burbuja inmobiliaria (toco madera), no podemos olvidar que en Lugo uno de los grandes desarrollos urbanísticos de su historia está ligado a un cementerio, el de San Froilán, que fue trasladado hace más de medio siglo para construir el hotel de más categoría de la ciudad. Los cementerios antiguos en cascos urbanos van cayendo poco a poco: por no hablar de Mondoñedo o Vilalba, el de San Amaro, en A Coruña, ya tiene fecha  de cierre, aunque lo van a dejar intacto para poder hacer esos recorridos turísticos que en Lugo, esa ciudad donde todavía queda gente que no ve más allá de su nariz, hicieron que alguno se rasgara las vestiduras. El otro gran cementerio gallego, el de Pereiró, en Vigo, ya tiene el espacio limitado constreñido y, por lo tanto, dificultada cualquier posible ampliación, porque han construido de todo en su entorno. San Amaro y Pereiró, por cierto, son dos grandes introducciones a la historia económica de sus respectivas ciudades: los mausoleos más espectaculares y artísticos son propiedad de las familias que hicieron crecer las dos ciudades. En San Froilán ocurre algo parecido, aunque menos, debido al traslado.

Y, cómo no, también se pueden vincular los cementerios y la política. No me refiero sólo a esas grandes manifestaciones de dolor que se suceden a la muerte de cualquier prócer, por discutido que haya sido en vida (Marcelino Camacho es un ejemplo reciente), porque ya se sabe que de muertos todos somos cojonudos. Tampoco me refiero a la espléndida imagen que Serrat usó para definir describir aquel asfixiante ‘Pueblo blanco’ que era la España del tardofranquismo (“pero los muertos están en cautiverio / y no nos dejan salir del cementerio”). Todas las elecciones son un cementerio, aunque nunca se sabe para quién… Claro que a veces hay alguien que te puede resucitar.

Por poner un ejemplo, siempre se dice que el Europarlamento es un ‘cementerio de elefantes’ (o un ‘retiro dorado’), pero, curiosamente, en el último año y pico hemos visto dos ‘resurrecciones’: la de Ramón Jáuregui para el Gobierno de España; la de Daniel Varela para la lista autonómica del PP de Lugo. Ahora estamos expectantes por ver quiénes se van al ‘cementerio’ de aquí a junio (cuando se constituyen las corporaciones locales), tanto por los que se van a quedar fuera de las listas como por los que no van a tocar poder. Aunque en España ya estamos acostumbrados a que los ‘muertos’ sigan dando la brasa (González, Aznar…). Van a tener razón los de Mecano: no es serio este cementerio.